Infierno; Canto III


En este 2021 conmemoramos los 700 años de la obra y vida del autor. Este es el VII CENTENARIO DANTESCO.

Para sumarnos a los festejos del VII CENTENARIO DANTESCO, seguimos compartiendo nuestra sorpresa especial; el INFIERNO, contado de una manera muy particular, según la idea de traducción semiótica comentada por Umberto Eco, es decir, les presentamos la Divina Comedia como novela. Este texto, que es el CANTO III, forma parte de un trabajo de traducción mucho más amplio y ambicioso, en el cual nos encontramos trabajando en este momento.

¡Qué sea de provecho!

Traducción del italiano antiguo al español, realizada por el maestro de lengua y cultura italiana del Instituto Polýglottos; Luis Jiménez Chargoy.



INFIERNO

Canto III

“A través de mí es que se llega a la ciudad del sufrimiento, a través de mí se entra en el dolor eterno, a través de mí es que se va a dar con las almas perdidas. No fue, sino por justicia, que el más alto creador se movió para hacerme, poniendo en uso su potencia divina, su suma sabiduría y el amor primigenio. Antes de mí, no fue nada creado más que las cosas eternas, y yo, entre ellas, duraré para la eternidad. Tú, que entras, abandona aquí todo resquicio de esperanza.” 

Alcancé a ver estas oscuras palabras, de turbio significado, escritas en lo alto de una puerta, y de inmediato, preguntándole a mi maestro por el sentido de ellas, me contestó como el hombre de rápido entendimiento que es: “A partir de aquí, es menester que abandones toda duda, a partir de aquí, es necesario que abandones toda vileza. Hemos llegado al lugar donde te dije que verías a las almas afligidas de sufrimiento, de aquellos que han perdido la razón, de los que se han quedado sin el bien del intelecto y han extraviado para siempre la posibilidad de contemplar la verdad.»

Después de haber posado, con un aire de serenidad en el rostro, su mano sobre la mía, logré reconfortarme y sentir cierta tranquilidad, estando en ese estado, fue que me introdujo a lo que hasta entonces para mí, permanecía secreto; un mundo separado del de los vivos, escondido e impenetrable. 

Aquí, en el aire viciado, privo de estrellas, resonaban los llantos y los suspiros. Se escuchaban, sin cesar, agudos lamentos. Era tan fuerte y estrepitoso el ambiente, que al comienzo lloré mientras daba mis primeros pasos. Se oían varias lenguas, pronunciadas de manera horrible, con palabras llenas de dolor y exclamaciones llenas de ira, voces desgarradas y débiles. Había, también, un incesante sonido de manos batiendo, con el que se terminaba por crear un terrible estruendo que retumbaba en esa ancestral oscuridad que no conoce el tiempo. Era como estar en el torbellino de una tormenta de arena. Y yo, que por error llevaba ya la cabeza cubierta de dudas, de nuevo pregunté: 

-Maestro, ¿qué es eso que se escucha? ¿Y qué gente es esta, quiénes son estas personas que se ven tan deshechas de dolor? 

-Se encuentran en esta condición tan mísera, -me contestó él- las almas de aquellos que tristemente, estando en vida no lograron conseguir ni gloria, ni infamia. Mezclados, entre ellos, están también los ángeles que si bien, no se rebelaron a Dios, tampoco decidieron serle fiel; pretendieron ser neutrales. Los cielos no los reciben, los repudian porque su vileza mancharía la beatitud celestial, y en el infierno profundo, el que encontraremos cruzando el Aqueronte, no son admitidos, pues los condenados tendrían un motivo para enorgullecerse en comparación con ellos. 

-Maestro, pero, ¿qué puede ser tan doloroso como para hacerlos gritar y lamentar de este modo tan fuerte? 

-Te lo diré de manera breve. Ellos han perdido la esperanza de morir, este es su destino final, y esta vida en la oscuridad es lo más bajo y miserable que hay, por eso es que envidiarían haber tenido cualquier otra suerte, cualquier otro paradero. En el mundo no se permite que sobreviva de ellos ningún recuerdo, incluso la misericordia y la justicia divina los desprecia. Te pido, no hablemos más de ellos, obsérvalos y pasémoslos. 

Entonces me puse a observar, vi a uno con un estandarte corriendo en círculos, iba tan rápido como podía, me daba la impresión de que no tenía permitido detenerse, aunque quisiera. Detrás de él venía corriendo una columna de gente, tan numerosa que nunca me imaginé que la muerte hubiera podido acabar con tantas personas. Después de estarlos viendo por un momento, reconocí a algunos, incluso vi y reconocí la sombra de aquel que en su vileza, cometió ese conocido y gran rechazo. Inmediatamente comprendí que estaba ante la hilera de esos seres miserables que no son aceptados ni por Dios, ni por sus enemigos, los demonios. Estos pobres desgraciados, los cuales podrían considerarse que nunca estuvieron realmente vivos por su insignificancia, se encontraban por entero desnudos y eran mordidos, sin cesar, por moscardones y picados por avispones, que vivían ahí, pegados a ellos. Estos insectos no se cansaban de hacer brotar sangre de los rostros de sus víctimas, la cual, mezclada con sus propias lágrimas, caía regada al suelo, de donde unos repugnantes gusanos la recogían y de ella abrevaban. 

Me puse, después, a observar lo que había más allá, vi una multitud de gente arremolinada en la orilla de un río enorme, por lo que de nueva cuenta pregunté: “Maestro, ahora, por favor, concédeme saber quiénes son aquellas almas que distingo entre estas tinieblas, y por qué parecen estar como necesitados, ansiosos por atravesar ya.” 

-Las cosas se te aclararán -me responde-, cuando lleguemos ahí con ellos, a la orilla de ese triste río que es el Aqueronte. 

Bajé la mirada por la vergüenza de mi insistencia, de ahí hasta llegar al río, me contuve de volver a hablar. Fue cuando por fin llegamos que apareció una barca, venía hacia nosotros y era dirigida por un anciano de barbas y cabellos completamente blancos por la edad, conforme se fue acercando, escuchamos que gritaba: “¡Vaya desgracias las que les esperan, almas malvadas! No verán nunca el paraíso, puesto que he venido a conducirlos a la otra orilla, en donde los esperan las tinieblas eternas en el fuego y en el hielo. Y tú que estás ahí -señalándome-, alma viva, aléjate de estos que están muertos.” Pero como vio que no me alejaba, se dirigió de nuevo hacia mí: “Es por otro camino, por otros puertos es que llegarás a la orilla que te atraviesa al más allá, pero por aquí no pasarás, está establecido que a ti te transporte una barca más ligera, la del ángel que conduce al Purgatorio.” 

-¡Caronte! -le gritó mi guía- Ni te angusties, así es como se ha querido en lo más alto de la existencia, lugar en donde todo lo que se quiere es entonces posible, así que no te entrometas más. 

De aquí en adelante, se aquietaron los cachetes barbudos del barquero de este negro pantano, cuyos ojos se veían rodeados por círculos de fuego. Pero las almas, desnudas y hechas polvo por la fatiga, cambiaron de color, empalidecieron y empezaron a rechinar los dientes en el momento en el que escucharon las crueles palabras que habían proferido hacia ellos un instante antes: habían llegado a recogerlos. Maldijeron a Dios y a sus padres, a todo el género humano, así como el lugar y el momento en el que tuvieron que nacer; maldijeron la semilla de su ascendencia y de su propia concepción. Después, se amontonaron todas juntas llorando fuerte, en esa orilla infernal que espera a todos los hombres que no le temieron a Dios. El demonio Caronte entonces, haciéndoles una señal con sus ojos envueltos en flamas, inició a acarrearlas, golpeando salvajemente con el remo a las que le parecían demasiado lentas. 

Así como se desprenden las hojas durante el otoño, una enseguida de la otra, hasta que la rama no ve finalmente tirados todos sus despojos en la tierra, así, esta mala estirpe de descendientes de Adán se aventaba desde la orilla, uno a uno, a la señal del barquero, como un ave que responde de inmediato al llamado de su dueño. Entonces se van, desapareciendo entre esas oscuras aguas, y antes de que desciendan a la otra orilla, en esta se ha vuelto a formar una nueva multitud de condenados.

-Hijo mío, -se dirige mi maestro hacia mí con gentileza- aquellos que mueren enemistados con el creador, convergen aquí desde todos los pueblos, vienen, por raro que te parezca, deseosos de atravesar el río, pues la justicia divina los instiga de tal modo, que su miedo es transformado en deseo. Por aquí no pasará nunca un alma buena, así que, si Caronte ha protestado por tu presencia en este lugar, puedes entender ahora el buen augurio que eso significa. 

Apenas terminaron sus palabras empezó a temblar en ese oscuro páramo, se sacudió tan fuerte, que de solo evocar el recuerdo aún me empapo de sudor por el susto. La tierra, llena de lágrimas, soltó entonces un vapor que desencadenó un fuerte relámpago de luz roja; todo esto terminó por abrumarme, había visto demasiado ya, todos mis sentidos se habían vencido.

Caí, como quien por sueño cae preso. 

Un comentario sobre “Infierno; Canto III

  1. Me gustó mucho esta traducción, la atención a los detalles y emociones de los personajes invita sin duda a seguir leyendo.
    Felicidades por tan minucioso trabajo y gracias por compartirlo.

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